En una tarde, nublada y fría, reunidos en un “lugar de oración y recuerdo, de afecto y esperanza”, como describió el Papa la celebración de la Santa Misa por los fieles difuntos, en el cementerio romano del Verano, la invitación inicial es la de rezar en sufragio de quienes allí descansan y por quienes “cada uno de nosotros lleva en el corazón”.
Nos dirigimos al Padre del cielo para que la vida de santidad y bienaventuranza, de la que ya disfrutan tantos de sus hijos e hijas, envuelva el alma de quienes duermen el sueño de la paz.
En su homilía, ante un centenares de fieles y religiosos, León XIV recordó que la fe se alimenta con la Palabra y con la “confianza en las manos de Dios”, “manos capaces de custodiar el alma de los justos” y promesa de salvación para que, a los fieles difuntos, como dice el Libro de la Sabiduría, “ningún tormento les tocará”.
“Que sus manos paternas y seguras los custodien por toda la eternidad, para que puedan disfrutar plenamente de esa unión recíproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el Libro del Apocalipsis: «Ellos serán su pueblo y él será Dios con ellos, su Dios» (Ap 21,3).
Al centrarse en el Evangelio de este lunes, que propone las Bienaventuranzas “camino hacia la vida plena, ahora y por toda la eternidad”, el Santo Padre subraya que ellas son como un “autorretrato” que Jesús pone en manos de sus discípulos, es el “Señor Resucitado quien nos habla”. Un anuncio de salvación que, para el Pontífice resuena con mayor fuerza en un cementerio, “que es como un umbral entre este mundo y el más allá, entre la existencia terrenal y el más allá que nos espera”.
En particular, el Papa destaca de entre las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo la que reza: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". Y con ella su exhortación a la paz: En este momento queremos rezar por todos aquellos que han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!
Al concluir su homilía, León XIV destacó que “la fe en Cristo nos dice que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se rompe, sino que se transforma”. Una transformación que se acompaña con la oración de sufragio por nuestros seres queridos hacia la plena comunión con el Señor, la misma comunión anticipamos en la Eucaristía.
“Animados por esta fe llena de esperanza, continuamos nuestro camino terrenal, a la espera del día en que Él enjugará toda lágrima, cuando «ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21,4).