El mes que hoy empieza ha de ser tiempo propicio para renovar el amor que todos los bautizados debemos profesar a la mujer que Dios eligió —desde la eternidad— para ser madre de su Hijo, Jesucristo, el Verbo hecho carne para redención del género humano. ¡Cómo no volver la mirada hacia Ella, que nos mira primero con dulzura y compasión! No es casualidad que Dios haya querido crecer al calor de una madre como María y recibir sus amorosos cuidados.

En el plan de salvación, la Santísima Virgen María ocupa un lugar especial. En virtud de su maternidad, fue concebida inmaculada y, por fidelidad a su Hijo, ha sido coronada como Reina del Cielo y de la Tierra. Por eso, no hay santidad sin el concurso de María, porque toda Ella —dichos y obras— lleva a Cristo. ¡Quién conoce mejor a un hijo que una madre! ¡Qué hijo bueno y noble no conoce a su madre o la ama con todo el corazón!

Un ejemplo son los numerosos que durante su peregrinación en la tierra transmitieron el gran amor que sentían por la Virgen. Como no mencionar a San Juan Bosco con María Auxiliadora, Santo Domingo de Guzmán y su difusión del Santo Rosario, San Luis María Grignion de Monfort y su tratado para consagrarse a la Madre de Dios, San Juan Pablo II cuyo lema Totus Tuus (todo tuyo) está dedicado a la Virgen, y muchos otros.  

Habría que ser un poco o muy necio para no dejarse abrazar por esa Madre amorosa que Jesús nos regaló. En consecuencia, ¡cómo no dedicar un tiempo para conocerla mejor y mejorar el trato con Ella, que conoció y amó a Jesús como nadie en la tierra! Y que, no lo olvidemos, ama a cada uno de sus hijos, los seres humanos, con cariño y ternura semejantes.

Una muestra de ello son sus varias apariciones, como en México, Portugal, España, Francia, Israel, Japón y otros lugares en los que se han levantado santuarios y que son hoy lugares de peregrinación.

Por ello, la Iglesia, en su sabiduría, pide a sus hijos que estén pendientes de la Madre de manera especial durante este mes y sean particularmente agradecidos por todos sus cuidados.

Recordemos que Ella permaneció al pie de la cruz y que después de la Ascensión de Jesús —como enseña el Catecismo— “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones”.

Y sobre todo, cuando se le apareció al indígena San Juan Diego, expresó su amor maternal al decirle: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”.