Hoy, 22 de marzo, la Iglesia Católica celebra el V Domingo de Cuaresma. La lectura del Evangelio está tomada de Juan, capítulo 11, versículos del 1 al 45 (Juan 11, 1-45). El relato corresponde al milagro de la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús.
Jesús recibe la noticia de que su amigo Lázaro, hermano de Marta y María, está enfermo. Aunque lo ama profundamente, permanece dos días más donde está antes de ir a Betania. Les dice a sus discípulos que la enfermedad servirá para manifestar la gloria de Dios; “Lázaro se ha dormido”, les dice. Cuando finalmente llega, Lázaro ya lleva cuatro días muerto y sepultado.
Marta sale a recibir a Jesús y expresa su fe en que él es el Mesías y que Dios concederá a Jesús lo que Él pida. María también acude llorando, y Jesús, conmovido por su dolor y el de los presentes, llora con ellos. Luego se dirige al sepulcro y ordena quitar la piedra. A pesar de las dudas por el olor del cuerpo, Jesús ora al Padre y llama con voz fuerte a Lázaro, quien sale vivo del sepulcro aún envuelto en vendas. Dice el Maestro: “Desátenlo, para que pueda andar”. Viendo esto, muchos judíos creyeron en Jesús.
Jesús es el Señor de la Vida. A diario tenemos la oportunidad de recibir esa Vida que Él nos quiere comunicar o devolver. Bien nos lo ha recordado el Papa León XIV en esta Cuaresma: “Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario” (Ángelus, 22 de marzo de 2026). La Iglesia está llamada a preservar la Vida.